Su cuerpo yacía desnudo como si seres ajenos a este mundo hubiesen succionado todo su ser, su cuerpo lúgubre alimentado sólo con gusanos que él mismo cultivaba en sus vísceras, gusanos que se reproducían para mantener un lugar cuidado. Abandonado en las aguas ocultas de mi ciudad, él de apenas 27 años de edad aún evocaba lo que era vivir y ser feliz, en su memoria recuerdos existente de toda su vida los recordaba una y otra vez, los modificaba, algunos los eliminaba y otros simplemente los olvidaba. Como aquel día que lo marcó para siempre: amaneció y pensó que era un sueño, el tenerla a su lado.
Cuando despertó se dio cuenta de la realidad, estaba ahí, acostada en su cama, sus cuerpos cerca, la mano de ella en su pecho y su respiración cada vez la sentía más cerca de su rostro, recordó lo vivido esa noche y revivió en su memoria momentos lujuriosos. Se sobresaltó de tal manera que empujando el cuerpo de aquella bella mujer que aún descansaba a su lado se sumergió en un mar de odio y desprecio a sí mismo. Aquella joven que aún no entendía nada de lo sucedido con lagrimas en su rostro le preguntaba el por qué de esa actitud, él cada vez mas asqueado la golpeaba hasta hacerla sangrar y la maldecía sin dejar de hacerlo, no podía creer aquello que había pasado, hasta que alguien sin tocar entró a la habitación.
Era su madre que había ido a despertar a su hija sin imaginarse que también se encontraría a su hijo.